Estación Aldebarán

La semana pasada estuve en la presentación del libro Estación Aldebarán, escrito por Rosa Durán y publicado por la nueva editorial mexicana Dharma Books. Esperaba el evento desde hace unos meses cuando Nicolás y Raúl vinieron a la ciudad para conocer el espacio en Casa Teodora y apartar las fechas.

Ellos estaban nerviosos y nosotras, como anfitrionas del espacio, hicimos lo que pudimos para que no se sintieran así. La mesa estaba lista, las sillas acomodadas, las luces en su lugar. El público comenzó a llegar y con ellos la expectativa de la primera lectura, de la introducción a la editorial, a sus integrantes e invitados de la noche. Elena Mendez, escritora de toda la vida y ahora desde el Dispensario poético, hizo una referencia a la importancia actual del editor; Carmen Villoro, reconocida poetisa tapatía, habló de los poemas en el libro, de cómo la autora mira al cielo y ve más que estrellas; Rosa Durán leyó algunos poemas, respondió preguntas y explicó de dónde toma el título del libro.

Después de la presentación pudimos degustar unos deliciosos bocadillos, tomar mezcal invitado por Amigos del Mezcal, agua de lima, cerveza y vino.

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Les comparto el texto que Elena escribió para esta ocasión:

Al aceptar la honrosa encomienda de acompañar a Raúl Aguayo y Nicolás Cuellar en la presentación del primer libro de su novel Editorial Dharma, que reúne los muy bellos poemas de Rosa Durán, me propuse que no diría nada que pueda ser usado a favor de otro tipo de editoriales, grupos de edición, monopolios monolíticos, derivados de medios electrónicos, televisivos, periodísticos, etc. que  publican, al ritmo desenfrenado que dictan las cifras, subproductos de papel listos para inventariarse en la categoría de consumibles.

Lejos de eso, esta tarde se hablará aquí de literatura, más aún de poesía, de autores y lectores, de libros y editores, de los de verdad, de carne y hueso, de amor y de pasión. De una casa editorial que nos convoca a festejar la salida a la luz de un volumen exquisito, el primero de muchos que vendrán, estoy segura y que marca la voluntad de bien elegir y bien hacer a favor de la literatura y sus lectores.

No implica este comentario el que no imagine yo, para ellos y sus autores, un futuro promisorio y sustentable, antes al contrario, auguro que estarán ocupando un lugar entre los grandes, porque justamente, los grandes ya están grandes, se nos están haciendo viejos y la estafeta ha salido volando por los aires nada propicios de estos tiempos, donde pocos están dispuestos a levantarla. Raúl y Nicolás han aceptado el desafío y helos aquí campantes y orgullosos presentando libro y autora con la certeza de que encontrarán en nosotros y en muchos más, el eco esperado para su labor.

Dado que los lectores somos viajeros en tránsito permanente, una nueva editorial es como una línea aérea, una vía férrea o tal vez marítima que propone vehículos de distinto calado, para transportarnos a los mundos que nos llaman, nos atraen o en el más tentador de los casos, nos acechan.

Esos vehículos portentosos que hemos designado con un nombre, semejante al de la independencia absoluta, como libros son la razón de ser de los autores y la pasión devorante de los lectores, pero he aquí que quienes acuñan ese valor inestimable y velan con amoroso desvelo, desde su concepción hasta el alumbramiento, son esos delirantes personajes que la historia consigna -casi siempre ligados a los autores que descubrieron, acompañaron, rechazaron o publicaron- como Editores.

Son ellos los lectores de primera línea, los que tienen el privilegio de recorrer una por una, antes que nadie,  las palabras con que el autor logró deshacerse de la idea taladrante y obsesiva que pergeñó y darle por fin un lugar manuscrito, confiado a los ojos de lince del editor, con la esperanza, ingenua a veces, descabellada casi siempre, de que le interese publicarlo.

Viene entonces el momento de apostar. Rara vez el escritor apuesta por sí mismo, le es difícil hablar para explicar el cómo y el porqué de su escritura, honrar a sus personajes, defender su visión del mundo recién creado. Habla de sus lectores, los imagina poco numerosos pero sinceros y apasionados, esperando su obra como un día cálido después del invierno, nos imagina acariciando el libro con los ojos y las manos.

El editor abre la apuesta, piensa en nosotros los lectores y en la vitrina donde descubriremos el volumen recién editado,  guiña ambos ojos e imagina la llanura polvorienta o la selva feraz, la estepa desolada o la urbe estridente por donde transitaremos cuando él nos entregue la nave libro.

Los términos están pactados, la apuesta se mide ahora en términos de hazaña; sin el editor la obra quedaría para siempre confinada a esos cartapacios donde los escritores de closet archivan sus escritos.

Una vez en sus manos lo más probable es que llegue a las nuestras, a veces por caminos misteriosos e insondables, casi siempre por la bienhechora labor de hormiga de otra figura importante en este emprendimiento, la del librero que a la vez que amigo del lector es confidente y guía para el editor.

Así pues, libreros, bibliotecarios y bibliófilos forman el círculo que mantiene con vida la obra de los autores a través de los siglos.  Pero para el autor, son los editores las figuras de proa y por ello ocupan un lugar particular en el corazón de sus lectores.

¿Quién no habría deseado conocer a Carlos Barral, a Sylvia Beach, a Gastón Gallimard, a Paco Porrúa y a tantos otros insignes editores? Sus errores son tan famosos como sus aciertos, nadie es perfecto, pero la deuda que tenemos con ellos en tanto que lectores es colosal, como la hercúlea tarea que llevan a cabo, a veces con discreción y humildad franciscanas, a veces con estentórea fama de sátrapas.

¿Cuántos de nuestros libros más amados no existirían sin esa epifanía gloriosa que produjo en un primer editor el deseo de publicar el manuscrito? Y ¿qué tanto del placer de recorrer sus páginas tiene que ver con la tersura, el grosor y el tono del papel, la familia tipográfica elegida, y por supuesto la ilustración de la portada? ¿Qué decir de la distribución de los capítulos, y esos espacios equivalentes al aire que circula entre palabras dejándonos a la merced de nuestro propio aliento; marcando ritmos de lectura, influyendo en la cadencia como una partitura?

Porque el libro, es también un objeto de deseo para el lector y como tal ha de ser ofrecido, puesto en valor, realzado en sus más íntimos encantos. Es tremendo develar aquí lo que despierta de pasión el contacto con un libro pero estamos entre amigos y estarán de acuerdo conmigo en que el arte mostrado en una buena edición irrumpe en nosotros a través de los sentidos todos.

Estación Aldebarán, el libro de Rosa Durán que ha Editado Dharma Books y de cuya poética hablará nuestra admirada Carmen Villoro, es bello en su contenido literario y en su forma de papel y tinta. Lo debemos también a sus diseñadores: Andrea Volcán y Héctor Bravo y a su ilustrador David Rocha.

Es un regalo completo para los lectores que vendrán en busca de palabras aladas para recorrer cuerpos celestes y de piel humana.

Se trata de  un privilegio para valientes el entregarse al placer de vivir para crear. Aplaudo la entrega de la autora, y de sus editores en favor de la noble tarea de compartir ese placer con todos nosotros y termino diciendo que la belleza es la última trinchera contra la barbarie.

¡Muchas  gracias!

 

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